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Hay un país en el mundo


Santo Domingo, ruinas del Hospital de San Nicolás de Bari 
Hay
un país en el mundo
colocado
en el mismo trayecto del sol,
Oriundo de la noche.
Colocado
en un inverosímil archipiélago
de azúcar y de alcohol.
Sencillamente
liviano,
como un ala de murciélago
apoyado en la brisa.
Sencillamente
claro,
como el rastro del beso en las solteras
antiguas
o el día en los tejados.
Sencillamente
frutal. Fluvial. Y material. Y sin embargo
sencillamente tórrido y pateado
como una adolescente en las caderas.
Sencillamente triste y oprimido.
Sinceramente agreste y despoblado. Pedro Mir

5 razones para detestar la película Maradona [by Kusturica]

1. Kusturica siempre está sudando.
2. Maradona también...
Con el sudor de sus frentes
(y axilas, pechos, sienes, cuellos...)


3. Repetición ad nauseam del gol del siglo (mano de dios) y de las estúpidas ceremonias y ritos de la iglesia maradoniana.
Si existiera Dios, y tuviera mano, dudo que hubiera metido ese gol

Boda maradoniana

4. Sugerir a Maradona como el nuevo revolucionario mesiánico de América Latina, contribuyendo así a reforzar la imagen del líder latino impulsivo e irracional que ha dado a paso a regímenes personalistas que tanto nos han dañado. No es de extrañar que abunden las escenas en las que Maradona convive con Fidel Castro y Hugo Chávez  ¡Qué elemental es pensar que el gol de Maradona que eliminó a Inglaterra del mundial  México 86  fue un gesto antihegemónico contra el colonialismo británico!
Showmen
Tatuaje en el chamorro milagroso



5.  Hacerme esperar hasta el final para ver a Manu Chao cantando La vida tómbola, sin duda lo único bueno que había que ver.






FICHA
Dirección: Emir Kusturica.
Países: Francia y España.
Año: 2008.
Duración: 90 min.
Género: Documental.
Intervenciones: Diego Armando Maradona, Emir Kusturica.
Producción: José Ibáñez.
Música: Stribor Kusturica.
Fotografía: Rodrigo Pulpeiro Vega.
Montaje: Svetolik Mica Zajc.

Dejar huella es vivir. Retrato y permanencia: Frank Montero Collado

Publicado en el catálogo de la exposición 1.000 caras/0 caras/ 1 rostro. Cindy Sherman, Thomas Ruff, Frank Montero Collado. La Fábrica Editorial y Fundación Telefónica: Madrid, 2011. 


Este trabajo es una primera aproximación a la serie de retratos de Frank Montero Collado, personaje harto raro, y hasta ahora desconocido, del México de finales del siglo xix y principios del xx. El título de este ensayo ha sido tomado de una exposición llevada a cabo en Guadalajara, México, en 1996. Una reseña de dicha muestra destacaba que en ella «las expositoras [las artistas] no parecen recurrir a la creación como un medio de expresión, sino como un instrumento que les ha permitido relacionarse con sí mismas»[1]. Salvando las obvias distancias temporales, me atrevo a proponer que los retratos de Frank Montero Collado siguen la misma lógica, a pesar de que buscan seguir, y también lo consiguen, la lógica opuesta. La investigación de la que este texto es producto ha sido, como la vida del retratado, la sucesiva apertura de una matrioska de misterios.
   Se trata de 23 retratos en plata sobre gelatina que forman una suerte de álbum biográfico bastante peculiar, ya que documentan una vida igualmente original. Las fotografías están fechadas de 1855 a 1925, pero por la uniformidad del papel y el tamaño de los folios, así como por la técnica de impresión, sabemos que la mayoría son más bien «fotos de fotos»; es decir, fotografías de principios del siglo xx tomadas a su vez de otras fotografías del siglo xix. El mismo Frank Montero Collado, o acaso algún familiar, ideó la recopilación, de las que seguramente fueron tarjetas de visita para imprimirlas en una versión «más moderna», y las unió a retratos recientes para completar el conjunto.
   No sabemos si la serie que conocemos está completa o si existen por ahí otros ejemplares, ya que ninguna foto tiene registro de la casa donde fue hecha o del fotógrafo que la tomó. La única información que tenemos, tanto de Frank Montero Collado como de las fotografías, son las leyendas caligrafiadas sobre estas, que nos revelan algunos pasajes y datos sobre su vida[2]. Caracterizado de acuerdo con las ocupaciones referidas, en situaciones y escenarios teatralizados y artificiosos, Frank Montero Collado y sus retratos constituyen un enigma para el mundo de la fotografía. ¿Quién fue este personaje? ¿Era ese su verdadero nombre? ¿Fue el autor intelectual del álbum? ¿Fabuló él solo las poses, disfraces y contextos de las fotos? ¿Vivió todo lo que refieren sus retratos? ¿O debemos interpretarlos como producto de la magia del retrato decimonónico, en el que los mundos del deseo, la ilusión y la fantasía se hacían realidad con ayuda del teatro del que proveían los estudios fotográficos?
   Laura González y Manolo Laguillo han reflexionado sobre el retrato fotográfico aduciendo que este revela uno de los paradigmas más interesantes de la fotografía: su transparencia. Cuando vemos un retrato, no creemos que estamos viendo la obra de un autor, o un retrato (la foto), sino a la persona misma (el retratado). Obviamos así al fotógrafo y el medio, que se hacen transparentes «para revelar, por mimesis, a la persona fotografiada»[3]. En este caso, es difícil no centrar la atención en el retratado, no solo porque carecemos de toda información acerca del fotógrafo, sino porque la vida y obra de Frank Montero Collado son, sin lugar a dudas, un inquietante enigma.
   Seminarista católico, pionero del protestantismo, misionero metodista, cantante de ópera, periodista y divulgador del espiritismo; todo eso fue Frank Montero Collado. Sus retratos nos presentan a escala micro, y sin pretensiones totalizadoras, un panorama de las clases instruidas de México en el siglo xix. En esos días el país –lograda la independencia de España, tras las intervenciones estadounidense y francesa (1846-1848 y 1861-1866 respectivamente), y habiendo perdido buena parte del territorio nacional– comenzaba a vislumbrar las bases de un Estado laico merced a la Reforma del gobierno de Benito Juárez. En 1867, finalizada su larga peregrinación por el país, Juárez regresó a la capital y puso fin al Imperio de Maximiliano de Habsburgo. Y en 1877 Porfirio Díaz ocupó por vez primera la presidencia de la República, que dejaría treinta años después con el advenimiento de la Revolución mexicana. En este contexto de profunda transformación/adaptación llega y se desarrolla la fotografía y, sobre todo después de la incursión de la técnica del colodión húmedo, tiene lugar el boom del retrato fotográfico[4].
   Frank Montero Collado vivió buena parte de los sucesos antes mencionados, sin embargo, con el álbum fotográfico no pretendió, ni mucho menos, documentar las vertiginosas vicisitudes políticas y sociales de su tiempo, sino dar cuenta de los avatares y la grandeza de su vida. La paradoja es que si bien al mirarlos pensamos en él como un personaje que pudo haber sido muy conocido en su época, al investigar he constatado que a todas luces no lo fue. Aparentemente no destacó en ninguna de las facetas en las que se hizo retratar, puesto que de todas hay información y en ninguna se le menciona expresamente. Pero casi un siglo después de la creación del álbum, Frank Montero Collado está logrando su cometido; aunque en su tiempo no fue ni reconocido ni famoso, hoy sus retratos se exhiben en una muestra internacional y hasta hemos iniciado una investigación sobre su vida.
   Desconocemos la fecha y el lugar de nacimiento de nuestro personaje. Son tres los retratos que podríamos llamar «de infancia», y gracias al primero, donde aparece a los cuatro años, podemos suponer que naciera en 1851 o 1854, ya que la fotografía registra dos fechas: 1855 y 1858. La imprecisión de la fecha y la falta de algún referente que indique el lugar donde se hizo la foto hacen imposible, por ahora, rastrear su nacimiento, tanto en los archivos eclesiásticos como en los incipientes registros civiles de la época. Sin embargo, por las imágenes 2 y 3 podemos inferir que Frank Montero Collado perteneció a una familia adinerada del siglo xix, posiblemente de la ciudad de Puebla o la capital del país. También de acuerdo con la información de las fotografías, sabemos que a los doce años estuvo internado en el colegio francés Mathieu de Fossey y que asistió al Instituto Francés fundado por Eduardo J. Guilbaut.


El primero de estos colegios, fundado en la ciudad de México en 1843 por el inmigrante francés Mathieu de Fossey, demandaba de sus escolares aptitudes sobresalientes, muy por encima de la media, ya que además de su elevado costo, la admisión se restringía a los mejor recomendados. Se sabe que al terminar los estudios los alumnos brillaban por sus conocimientos de latín, francés, inglés, aritmética y geometría.[5]
  En cuanto al segundo, el Instituto Francés de Guilbaut, cuyo verdadero nombre era Liceo Franco-Mexicano, fue fundado por Eduardo J. Guilbaut hacia 1851 en la ciudad de Puebla. Este tipo de colegios, de marcado corte católico y dirigidos principalmente por pedagogos barcelonnettes radicados en la ciudad, estaban pensados para las clases adineradas que pudieran pagar de 16 a 35 pesos mensuales por la educación de sus hijos[6]. Por tanto, otra posibilidad es que Frank Montero Collado naciera en la capital del país, cursara estudios en el colegio de De Fossey y luego fuera enviado a Puebla para continuar con su educación en el Liceo Franco-Mexicano.
   Imágenes de una segunda etapa (1874-1879) muestran a Frank Montero Collado en sus facetas de estudiante de preparatoria, seminarista y profesor de filosofía y español. De estas fotografías hay que resaltar la número 5 de la serie, fechada el 26 de enero de 1879, según la cual Frank Montero Collado fue «Fundador de la Soc. Cristiana de Jovenes (sic) establecida en México por el Rev. Riley, Fray Manuel Aguas y Fray Agustín Palacios». Este dato apunta a que participó en los primeros grupos protestantes que hubo en México, pues los tres personajes que ahí se mencionan fueron, en efecto, pioneros del protestantismo en el país.
   Pese a que desde los primeros años de independencia se permitía profesar cultos diferentes al católico en privado, el triunfo del liberalismo fue el principal punto de apoyo para el desarrollo del protestantismo en México. En su lucha por el laicismo, los liberales simpatizaron con la ética protestante por obvias razones: el clero era la sinécdoque no solo de una religión, sino de la fuerte facción política conservadora. Por tanto, la incursión del protestantismo debilitaba la hegemonía de la Iglesia católica, y a su vez «el carácter de modernidad que tenía el protestantismo, el hecho de que fuera la religión más practicada en países modelo de civilización, como Inglaterra y Estados Unidos, era sin duda un elemento que permitía verlo con buenos ojos»[7]. En este contexto de lucha política e ideológica, la Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma de 1859 pusieron numerosas restricciones a la Iglesia católica, como la reforma educativa y la expropiación de bienes, que sin duda fueron las más significativas.
   La primera congregación protestante constituida por mexicanos fue conformada por un grupo de sacerdotes católicos separados del episcopado que apoyaron abiertamente el movimiento liberal. El reverendo Henry C. Riley, que había llegado a México en 1868 con el fin de abrir una misión episcopal en el país, compró al Estado el inmueble de la recientemente expropiada iglesia de San Francisco, donde se celebraron las primeras ceremonias religiosas públicas para la comunidad anglicana en 1869[8]. Sin embargo, en 1873, la celebración de los servicios en español provocó la escisión de la comunidad de habla inglesa de la congregación, que pasó a denominarse, a partir de entonces, Anglo-Saxon Church.
   Por otra parte, los primeros datos que se tienen sobre Agustín Palacios y Manuel Aguas los describen como mexicanos que simpatizaron con Estados Unidos en la guerra de Intervención[9]. De Manuel Aguas también sabemos que, antes de separarse de la Anglo-Saxon Church, fue elegido obispo de la iglesia anglicana fundada por Riley, pero que murió antes de ser consagrado. Al fracasar la consagración de un segundo obispo, Riley se convirtió en el primer obispo de la Iglesia de Jesús en México[10]. Agustín Palacios fue, por otra parte, «juez eclesiástico en la catedral de la capital de México y después capellán asistente de Maximiliano de Habsburgo»[11]. Palacios se separó de la Iglesia católica y se adhirió a la anglicana –de 1869 a 1873 fue vicario del templo anglicano de San José de Gracia[12]– y posteriormente al metodismo, culto del que fue ministro y miembro activo hasta su muerte[13].
   Cómo y cuándo Frank Montero Collado estableció contacto con estos personajes y los primeros grupos protestantes es un dato hasta ahora desconocido. Es plausible que después de pertenecer al anglicanismo se haya adherido a la fe metodista por la influencia de Palacios, pues la fotografía número 9 (1882) apunta que fue «Profesor y conferencista en la misión metodista» en la ciudad de Orizaba[14]. De acuerdo con las memorias de John Wesley Butler esto podría ser perfectamente atinente, ya que los primeros servicios metodistas realizados en esta ciudad datan de 1873, y para 1880 ya existían ahí una capilla y una casa parroquial a cargo del obispo H.W. Warren. En 1888, continúa Butler, Agustín Palacios llegó al pastorado de Orizaba[15].

   En lo que podríamos denominar una tercera etapa, encontramos tres retratos de 1882 a 1906 que muestran a Frank Montero Collado en sus facetas de periodista, cantante de ópera y capitán de una Guardia Nacional de estudiantes. Solo una fotografía, de 1897, «Frank cantando la ópera de Il Pagliacci», indica una ubicación geográfica: Puebla. Pese a no haber encontrado documentos que confirmen que Frank Montero Collado participara en ninguna puesta en escena –ni que la obra mencionada haya sido presentada en esta ciudad–, la posibilidad no puede excluirse dado que por esos años existieron en Puebla dos compañías de ópera, y la última función de bel canto data de 1898[16]. Además en 1897 la obra ya había sido creada por su autor, Ruggero Leoncavallo, y estrenada en Milán en 1892. En cuanto a la faceta periodística, las fotos apuntan a que Frank Montero Collado fue fundador, propietario y editor del diario estudiantil La Guardia Nacional, del que ni hay ejemplares ni se tiene noticia de que existiera en Puebla, aunque sí había un periódico llamado El Guardia Nacional en Tlaltenango, Zacatecas, aproximadamente en 1857[17]. No obstante, al no ser este un diario estudiantil y dada la lejanía de Zacatecas con el centro del país, nos permitimos desechar la hipótesis de que se trate del mismo periódico presumiblemente fundado por nuestro investigado.
   De 1904 a 1906 los retratos de Frank Montero Collado siguen mostrándolo en sus facetas de músico y periodista, como fundador del orfeón Ángela Peralta y colaborador gratuito de los periódicos El Popular, El País y El Diario del Hogar. De acuerdo con los retratos, en agosto de 1907 realizó un viaje por Europa en el que visitó España, Suiza e Italia. Ignoramos el motivo y la duración del viaje, así como detalles del mismo.
   A partir de 1906 los retratos de Montero registran su fase de incorporación al espiritismo. La doctrina, fundada en Francia por Allan Kardec a mediados del siglo xix, se había popularizado en México a partir la década de 1870, en pleno apogeo del liberalismo y la libertad de cultos. Así pues, pese a la fuerte oposición de los círculos católicos, logró sin trabas difundir sus principios en foros periodísticos y académicos[18]. No es difícil explicar la sucesiva deferencia de Frank Montero Collado hacia los distintos cultos por los que transitó si consideramos que la ética del espiritismo tenía abundantes puntos en común con el cristianismo. Así lo refiere un artículo de 1906 publicado en El Siglo Espírita, órgano de difusión del espiritismo en México: «La diferencia única que encontramos entre espiritismo y catolicismo y entre protestantismo y espiritismo es la que hay entre católicos y protestantes: los detalles. Unos y otros proclaman el bien, la virtud, la caridad, el amor a los demás; unos y otros tienen puntos de contacto tan íntimos que difícilmente podrían separarse; pero unos predican el bien y lo practican y otros predicándolo se olvidan de él en su vida privada»[19].
   En 1906 Frank Montero Collado fue, acorde con los retratos, «Iniciador y fundador de la Soc. ‘Esp. Federales’[20], su presidente y director de su periódico Lumen durante cinco años»; posteriormente dirigió la publicación El Siglo Espírita, de 1917 a 1923, y fue «Presidente de la Soc. Espírita Mexicana». De 1923 a 1924, fue «Presidente y director de la Sociedad Propagandista del Espiritismo y del Instituto Metapsíquico Experimental»[21]. En este periodo Frank Montero Collado combinó la música con sus tareas dentro del movimiento espiritista, ya que datan de entre 1904 y 1923 las referencias al orfeón Ángela Peralta y a su periódico El Ruiseñor. Debo aclarar que todos estos datos no han podido constatarse, ya que no existen registros de un periódico Lumen en México ni tampoco de El Ruiseñor[22]. No obstante, en 1906, en una edición de El Siglo Espírita, entonces principal órgano aglutinador y de difusión del espiritismo en el país, su nombre aparece dentro de la lista de personas que ese año se adherían a la Federación Espírita de México. En el listado también se menciona que Frank Montero Collado contribuía a la asociación con la cantidad de cincuenta centavos mensuales[23].
   Si ciertamente la integración de Frank Montero Collado al espiritismo ocurrió hacia 1906, se dio en un periodo en que el culto se hallaba debilitado en México. Por una parte, la Revue Spirite había dejado de publicarse en Francia en 1891, y por consiguiente también se suspendió en México La Ilustración Espírita, principal órgano de difusión de la doctrina. Además el Gobierno de Porfirio Díaz, en el cénit de su poder, había pactado alianzas con la alta jerarquía católica, lo que frenó la libre expresión de ideas religiosas. Sin embargo, el fundador del espiritismo en México, Refugio González, aún consideraba muy activa la propaganda del espiritismo en el país, ya que los círculos dedicados al proselitismo se habían propagado por toda la república, y algunos de ellos tenían órganos de difusión de la doctrina. Además, en 1906 tuvo lugar el Congreso Nacional Espírita. En 1910 Francisco I Madero –quien se había declarado manifiestamente espiritista— ocupó la presidencia del país, y el movimiento siguió teniendo cierta relevancia en la sociedad mexicana durante los años siguientes.
   En 1908 El Siglo Espírita publicó una carta enviada por «F. Montero del Collado» en la que este anunciaba la fundación del círculo El Infinito, ubicado en la calle Quesadas, 10, de la ciudad de México. Se anunciaba que las sesiones de dicho círculo serían los martes, de curación; viernes, de comunicación y domingos, de experimentación. La carta también indicaba que las condiciones para pertenecer al círculo eran el pago de una inscripción de un peso y una mensualidad de cincuenta centavos para mantenimiento[24].
   Dos imágenes de 1925, en la que tal vez fue la etapa final de su vida, muestran a Frank Montero Collado en el convento de Churubuscos de la ciudad de México. En una de ellas la leyenda lo describe como «El Peregrino» y en la otra como «Francisco de Paula». El paso del estudio al exterior y la mirada «contorsionada», casi en blanco, son el culmen de una teatralidad que ha ido in crescendo a lo largo de los 23 retratos. Los de infancia responden a todas la convenciones de los retratos de estudio de la época, mientras que los posteriores desembocan paulatinamente en puntos álgidos de fantasía y artificio: el busto, ataviado con kimono y sombrilla, disfrazado para la ópera.


Algunas fotografías tienen dedicatorias a mujeres de las que no se dice ni quiénes fueron ni qué relación tuvieron con el retratado, que nunca aparece en compañía de alguien o menciona parentesco. La biografía parece una búsqueda orientada más hacia adentro que hacia afuera, hacia lo íntimo más que hacia lo social. Más allá de documentarla, las fotografías mismas son una constante experimentación espiritual y psicológica, inquietud que aparentemente movió a Frank Montero Collado a lo largo de su vida y le llevó a pasar por el catolicismo y el protestantismo, el arte y el espiritismo. El valor estético de sus retratos no está en el simple registro de un cambio de ethos; no es el de documentar una determinada función de la fotografía como constructora de subjetividad, sino que en esa función está dado su valor estético. Frank Montero Collado, el hombre de las mil fases y una misma cara, nos ha dejado estas imágenes como registro de su existencia con la inquietante ansia de perdurar. Siguiendo la idea de Marc Augé acerca del olvido como principio de la memoria, hoy podemos decir que sus retratos han logrado su cometido. En un interesante juego entre los universos más íntimos y la intención de hacerlos públicos, entre el reconocimiento a la identidad y la materialización del breve tiempo de la vida, las fotografías de Frank Montero Collado dejan huella de su existencia y arrojan luz sobre esta. Pero tengo la convicción de que, por fortuna, la matrioska aún no nos deja ver los más inefables secretos de nuestro oscuro personaje.


[1] Magali Arriola, «Vivir es dejar huella», en Poliéster, México, V (1996-1997), n. 17, p. 56.

[2]Por la caligrafía y la tinta sabemos que la información fue escrita toda de una vez y a posteriori sobre las imágenes, lo que dificulta la investigación, pues la mayoría de las fechas referidas no son exactas, sino que se anotaron en base a recuerdos.
[3]Laura González y Manolo Laguillo, «Siete reflexiones sobre el retrato», en Luna Córnea, México, III (1993), p. 79.
[4] La llegada del daguerrotipo a México data de 1839-1940, sin embargo, el auge de los retratos fotográficos no se dio hasta la segunda mitad del siglo xix con la implementación del colodión húmedo, que abarató el costo de producción haciendo la fotografía más accesible y expandiendo el mercado.
[5] Estela Munguía, «Henri Mathieu de Fossey: colonizador, profesor y escritor», en Congreso de franceses en México, siglos xix y xx. Entre testimonios e investigación, Universidad Juárez del Estado de Durango e Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades–Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Durango, 2008. (Ponencia aceptada para publicación.)
[6] Estela Munguía, «Colegios franceses, profesorado y profesores de Barcelonnette en la ciudad de Puebla. Una aproximación, 1850-1910», Los barcelonettes en México. Miradas regionales, siglos xix-xx, coordinado por Leticia Gamboa, Benemérita Universidad Autónoma, Puebla, 2008.
[7] Evelia Trejo, «La introducción del protestantismo en México. Aspectos diplomáticos», en Estudios de historia moderna y contemporánea de México, XI (1988) , pp. 149-181.
[8] Sarem Navarrete y Constanza Patán, (coord.), Inventario del Archivo parroquial Antigua Christ Church México, Apoyo al Desarrollo de Archivos y Bibliotecas de México A.C., México, 2009.
[9] Trejo, op. cit.
[10] Ibídem.
[11] John W. Butler, History of the Methodist Episcopal Church in Mexico, The Methodist Book Concern, Nueva York, 1918.
[12]Julio César Trejo, «Historia del templo de san José de Gracia», en http://catedralanglicanamexico.blogspot.com/2010/03/historia-del-templo-de-san-jose-de.html, marzo, 2010.
[13] Butler, op. cit.
[14] No sabemos ciertamente si el verdadero nombre de Montero fue Frank, es posible que su verdadero nombre fuera Francisco y cambiara al inglés, pues el nombre Frank es poco común en México en el siglo xix. Probablemente el cambio obedeció al contacto de Montero con las iglesias metodista y anglicana, ambas provenientes de países de habla inglesa. Esta práctica de cambio de nombre fue, además, cosa común entre los mexicanos que se convertían al protestantismo en esa época. Como se verá más adelante, la única referencia que se tiene del personaje no nos deja saber su nombre de pila y su apellido aparece como Montero del Collado. En este texto he decidido llamarlo Frank Montero Collado por ser este el nombre consignado en las fotografías.
[15] Para esta investigación he consultado los archivos de la Iglesia Metodista de México que van de 1880 a 1889 y no he encontrado referencia alguna a Frank Montero. No obstante, los expedientes me permitieron constatar lo señalado por Butler en sus memorias sobre la Iglesia Metodista en México.
[16] Enrique Cordero y Torres, Historia compendiada del Estado de Puebla, III, Bohemia Poblana, Puebla, 1965, pp. 364-369.
[17] Martha Celis de la Cruz, Publicaciones periódicas mexicanas del siglo xix, 1822-1855: Fondo Antiguo de la Hemeroteca Nacional y Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional de México, Colección Lafragua, Universidad Autónoma, México, 2000, p. 567.
[18] Yolia Tortolero, El espiritismo seduce a Francisco I Madero, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 2003, p.49.
[19] El Siglo Espírita. Órgano de difusión del espiritismo en México, México, I (1906), n. 6, p. 3.
[20] Probablemente la abreviatura significa «Espiritistas Federales».
[21] Fotografías 14, 17 y 21.
[22] Aunque sí hay registro de una publicación periódica llamada Lumen, de corte espiritista y en esa misma época, en Barcelona, España.
[23] El Siglo Espírita. Órgano de difusión del espiritismo en México, México, I (1906), n. 5, p. 7.
[24] El Siglo Espírita. Órgano de difusión del espiritismo en México, México, III (1908), n. 5.

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Leaving a Trace is Living


Portrait and Permanence: Frank Montero Collado

Published in the catalogue of 1000 Faces/0 Faces/ 1 Face Cindy Sherman, Thomas Ruff, Frank Montero Collado. Fundación Telefónica and La Fábrica, Madrid: 2011
  


This work is an initial approach to the series of portraits of Frank Montero Collado, a very strange figure, unknown until now, who lived in Mexico at the end of the nineteenth century and beginning of the twentieth. The title of this essay was taken from an exhibition held in Guadalajara, Mexico, in 1996. A review of this show pointed out that in it, “the exhibitors do not seem to turn to creation as a means of expression but as a tool that has enabled them to relate to themselves.”[1] Except for the obvious time distances, I would venture to propose that Montero’s portraits obey the same logic although they seek to follow and also undertake the opposite. The research behind this essay, as well as the life of the person portrayed, has resembled the constant opening of a matryoshka doll filled with mysteries.

These twenty-three gelatine-silver portraits form a rather peculiar kind of biographical album since they document an equally original life. The photographs are dated from 1855 to 1925, but due to the uniformity of the paper and the size of the sheets as well as the printing technique, we know that most of them are “photos of photos” or, in other words, photographs from the beginning of the twentieth century taken of other nineteenth-century photographs. Frank himself, or perhaps a relative, had the idea to gather together what were probably cartes de visite and send them to be printed in a “more modern” version, attaching them to recent portraits to complete the ensemble.

We don’t know whether the series we are acquainted with is complete or if there are other prints elsewhere. Not one photograph contains a record of where it was made or the photographer who took it. The only information we have, both about Frank and the photos, are the hand-written legends on them, which reveal some passages and data about his life.[2] Characterised according to the occupations mentioned and shown in theatrical, artificial situations and scenarios, Frank Montero Collado and his portraits are an enigma in the photography world. Who was this man? Was this his real name? Was he the intellectual author of the album? Did he himself create the poses, costumes and contexts of the photos? Did Frank Montero experience everything suggested by his portraits? Or should we interpret them as a product of the magic of the nineteenth-century portrait in which the worlds of desire, illusion and fantasy became reality with the help of the theatre supplied by photographic studios?
Laura González and Manolo Laguillo have reflected on the photographic portrait, alleging that it reveals one of the most interesting paradigms in photography: its transparency. When we see a portrait, we don’t think that we are seeing the work of an author, or a photograph but the real person (the subject portrayed). In this way, we obviate the medium and the photographer. They become transparent “to reveal, through mimesis, the person photographed.”[3]  In Montero Collado’s case it is difficult not to focus attention on the person, not only because we lack all information about the photographer, but also because Frank’s life and work are undoubtedly a disturbing enigma.
Catholic seminarian, pioneering Protestant, Methodist missionary, opera singer, journalist and disseminator of Spiritism: Montero Collado was all that. His portraits present us in a micro scale with no totalising pretensions a panorama of the educated classes of nineteenth-century Mexico. Having achieved its independence from Spain after the American and French interventions (1846-1848 and 1861-1866 respectively) and also having lost a good deal of its national territory, the country began to glimpse the foundations of a secular State thanks to the Reform driven by the government of Benito Juárez, who after wandering all over Mexico, returned to the capital and ended the Empire of Maximilian I. In 1877, Porfirio Díaz became president of the Republic for the first time and abandoned this post thirty years later with the advent of the Mexican Revolution. Photography arrived and was developed in this context of deep transformation-adaptation. The boom of the photographic portrait took place, particularly after the appearance of the wet collodion technique.[4]
Frank Montero experienced a good many of these events, and yet his interest in the photographic album was far from that of documenting the dizzying political and social ups and downs of his time, but instead to report the vagaries and greatness of his own life. The paradox I find in these photos is that upon looking at them we think of Frank Montero as a figure who should have been well known during his era. After doing some research, I have found that he obviously wasn’t. Apparently he did not stand out in any of the facets in which he had himself portrayed because, in spite of the fact that information exists on all of them, he is not specifically mentioned in relation to any. Almost a century after the album’s creation, however, Frank Montero is finally achieving his goal. Even though he was not recognised or famous in his time, today his portraits are displayed in an international exhibition and we have even begun to investigate his life.
We do not know when or where Frank Montero was born. There are three portraits that could be termed as “childhood” pictures. Thanks to the first one, which shows Frank at the age of four, we can assume that he was born in 1851 or 1854, since two dates appear on the photograph: 1855 and 1858. This imprecision in terms of the date and the lack of any reference to the place where the photo was taken make it currently impossible to trace Frank’s birth either in church archives or in the incipient civil registries of that era. Nevertheless, Photographs 2 and 3 allow us to induce that Montero belonged to a wealthy nineteenth-century family, located either in the city of Puebla or in the capital of Mexico. According to the information on the photographs, when he was twelve, Frank became a boarder at the “Mathieu du Fossey French School”, and then attended the “French Institute founded by Guilbaut”.
The first of them, founded in Mexico City in 1843 by the French immigrant Mathieu de Fossey, demanded of its students aptitudes that were way above average. In addition to its high cost, admission was limited to those with the best recommendations, and we know that upon leaving the school the students stood out for their knowledge of Latin, French, English, arithmetic and geometry.[5]
As for the “French Institute founded by Guilbaut”, its real name was French-Mexican Lycée. It was founded by Eduardo J. Guilbaut in the city of Puebla in approximately 1851. This type of schools, of a definite Catholic nature and mainly operated by teachers from France’s Barcelonnette region who had settled in the city, was designed for the wealthy classes who could pay from 16 to 35 pesos per month to educate their children.[6] Therefore, its possible that Frank Montero was born in the country’s capital city and after studying at the De Fossey School was sent to Puebla to continue his education at the French-Mexican Lycée.
The images from a second stage (1874-1879) show Montero as a pre-university student, seminarian and professor of Philosophy and Spanish. Worthy of highlighting among these photographs is No. 5 in the series, dated 26 January 1879, in which Montero is described as “founder of the Christian Young People’s Association established in Mexico by Rev. Riley, Brother Manuel Aguas and Brother Agustín Palacios”. This information tells us that Montero Collado participated in the first Protestant groups formed in Mexico, because the three people mentioned were indeed pioneers of Protestantism there.
In spite of the fact that the private practice of beliefs other than the Catholic faith had been permitted since the first years of Mexican independence, the triumph of liberalism was the main point of support for the development of Protestantism in Mexico. In their fight for laicism, liberals sympathised with the Protestant ethic for obvious reasons: the clergy was the synecdoche, not just of a religion but also of the strong conservative political faction. The incursion of Protestantism therefore weakened the Catholic Church’s hegemony. Added to that, “the character of modernity offered by Protestantism, along with the fact that it was the religion practiced most frequently in countries that were models of civilisation, such as England and the United States, was undoubtedly an element that enabled it to be seen favourably.”[7] In this context of political and ideological struggle, the 1857 Constitution and the 1859 Laws of Reform imposed numerous restrictions on the Catholic Church; educational reform and the expropiation of property were the most significant among them.
The first Protestant congregation formed by Mexicans was established by a group of Catholic priests separated from church authorities, who openly supported the liberal movement. Reverend Henry C. Riley, who had arrived in Mexico in 1868 in order to open an Episcopal mission in the country, purchased from the government the recently expropriated San Francisco church where the first public religious ceremonies were held for the Anglican community in 1869.[8] Holding services in Spanish made the English-speaking community separate from the rest of the congregation in 1873. From then on, they were called the “Anglo-Saxon Church”. The first data existing on Agustín Palacios and Manuel Aguas refer to them as Mexicans who sympathised with the United States during the Mexican American War.[9] We also know that before his separation from the “Anglo-Saxon Church”, Manuel Aguas was elected Bishop of the Anglican church founded by Riley, although he died before being consecrated. The failure to consecrate a second bishop turned Riley into the first Bishop of the Church of Jesus in Mexico.[10]
Furthermore, Agustín Palacios was “ecclesiastical judge in the cathedral of the capital of Mexico and afterwards an assistant chaplain to Maximilian of Habsburg.”[11] Palacios separated from the Catholic church and became an Anglican (from 1869 to 1873 he was the Vicar of the Anglican Temple of San José de Gracia[12]) and later turned to Methodism, the faith in which he was a minister and an active member until his death.[13]
At present we don’t know how and when Montero came into contact with these people and the first Protestant groups. It’s plausible to think that after having been an Anglican, he may have turned to the Methodist religion thanks to the influence of Palacios, since Photograph No. 9 (1882) explains that he was “a professor and lecturer in the Methodist mission” of the city of Orizaba.[14] According to the memoires of J. W. Butler, this could perfectly well be right, since the first Methodist services in this city were held in 1873 and by 1880 Bishop H.W. Warren was in charge of a chapel and parish house. In 1888, Butler continues, Agustín Palacios arrived in the Orizaba parish.[15]
In what we could define as a third stage, three portraits from 1882 to 1906 show Frank in his facets as a journalist, opera singer and captain of a Student National Guard. Only one photograph, dated in 1897, “Frank singing the Il Pagliacci opera”, indicates a geographical location (Puebla). In spite of the fact that no documents have been found confirming that Frank Montero participated in any performance (or that the work mentioned was performed in this city), this possibility cannot be excluded since during those years there were two opera companies in Puebla and the last performance of bel canto dates from 1898.[16] Furthermore, by 1897 the work had already been created by its author, Ruggero Leoncavallo and had premiered in Milan in 1892. Regarding the journalistic facet, the photos state that Montero was the founder, owner and publisher of the student newspaper La Guardia Nacional, although there are no copies or any confirmation that it existed in Puebla; however, a newspaper named El Guardia Nacional was published in Tlaltenango, Zacatecas, approximately around 1857.[17] Nonetheless, since it was not a student paper and given the distance from Zacatecas to the centre of Mexico, we have rejected the hypothesis that this is the same newspaper presumably founded by Montero.
From 1904 to 1906, Frank Montero’s portraits continue to show him as a musician and journalist, founder of the Ángela Peralta choral society and a voluntary contributor to the El Popular, El País and El Diario del Hogar newspapers. According to the portraits, in August 1907 Montero Collado made a trip throughout Europe during which he visited Spain, Switzerland and Italy. We do not know the reason for or length of this journey or any further details about it.
From 1906 onward, Frank’s portraits record the period of his incorporation into the Spiritism movement. This doctrine founded in France by Allan Kardec in the mid-nineteenth century had been popularised in Mexico from the decade of the 1870s onward during the full boom of liberalism and freedom of religion, and therefore, in spite of strong opposition from Catholic circles, its principles were disseminated without difficulties in journalistic and academic forums.[18] It is not hard to explain Montero’s successive deference toward the various religions to which he belonged if we consider that the Spiritism ethic had many points in common with Christianity. This was stated in a 1906 article published in El Siglo Espírita, Spiritism’s organ of dissemination in Mexico:
The only difference we find between Spiritism and Catholicism and between Protestantism and Spiritism is the difference between Catholics and Protestants: the details. All three proclaim good, virtue, charity and love of others; they all have such intimate points of contact that it would be difficult to separate them; however, some preach good and practice it and others, although preaching it, forget it in their private lives.[19]
The portraits of 1906 describe Montero as the “initiator and founder of the ‘Esp. Federales’ Association,[20] its president and director of its ‘Lumen’ newspaper for five years”; subsequently he directed the publication El Siglo Espírita, from 1917 to 1923, and was “President of the ‘Soc. Espírita Mexicana’”. From 1923 to 1924, he was “President and director of the ‘Asociación Propagandista del Espiritismo’ and the Instituto Metapsíquico Experimental”.[21] During this period, Frank combined music with his tasks within the Spiritist movement since the references to the Ángela Peralta choral society and its newspaper El Ruiseñor date from between 1904 and 1923. I should clarify that all of this data has not been confirmed since there are no records of a Lumen newspaper in Mexico nor of one called El Ruiseñor.[22]Nevertheless, in 1906 in a publication from El Siglo Espírita, at that time Spiritism’s main organ of binding and dissemination in Mexico, the name F. Montero del Collado appears within the list of people who joined the Federación Espírita Mexicana that year. The list also mentions that Montero contributed the amount of 50 cents monthly to the Federation.[23]
If it happened around 1906, Montero’s integration into Spiritism took place in a period in which the movement had weakened in Mexico. On the one hand, publication of the Revue Spirite stopped in France in 1891 and therefore La Ilustración Espírita, the main organ for disseminating the doctrine was also suspended in Mexico. Furthermore, Porfirio Díaz’s government, at the peak of its power, formed alliances with the Catholic hierarchy that impeded free expression of religious ideas. Nonetheless, the founder of Spiritism in Mexico, Refugio González, still considered Spiritism propaganda to be very active in the country: circles devoted to invocation had spread all over the Republic and some of them had media that disseminated the doctrine. Furthermore in 1906, the Congreso Nacional Espírita was held.  Actually in 1910 – when Francisco I. Madero, who had declared himself to be clearly Spiritist, became Mexico’s president – and onward, the movement continued to have some relevance in Mexican society.[24]
In 1908, El Siglo Espírita published a letter by F. Montero del Collado announcing the foundation of a circle named “The Infinite” located in Calle Quesadas, 10 in Mexico City. It also announced that the circle’s sessions would be: Tuesdays: Cures, Fridays: Communication and Sundays: Experimentation. The letter also indicated that the conditions for belonging to the circle would be the payment of a registration fee of one peso and a monthly fee of fifty cents for upkeep.[25]
In what may have been the last stage of his life, two images from 1925 show Frank Montero Collado in the convent of Churubuscos in Mexico City. A legend on one of them describes him as “The Pilgrim” and one on the other as “Francisco de Paula”. The shift from the studio to the exterior and the contorted gaze are the culmination of a theatricality that grew in crescendo in the twenty-three portraits: the childhood photos comply with all the conventions of the studio portraits of the era, whereas the later photos gradually reach peaks of fantasy and artifice: examples are the bust, the portrait in which he is dressed up for the opera and the one with a kimono and parasol.
Some photos are dedicated to women, although nothing is said about who they were or what relationship they had with the subject of the portrait. Frank never appears in anyone’s company and family relationships are not mentioned; the biography appears to be a search focused more on the interior than on the exterior, more on the intimate than on the social. More than documenting reality, the photographs themselves are a constant spiritual and psychological experimentation that apparently moved Montero throughout his life, leading him to pass through Catholicism and Protestantism, art and Spiritism. The aesthetic value of Frank’s portraits is not found in the simple record of a changing ethos or in the documentation of a specific function of photography as a builder of subjectivity; instead, the aesthetic value is given in that function. Frank Montero, the man of a thousand stages and the same face has left us these images as a record of his existence, with a disturbing eagerness to endure. Following Marc Augé’s idea of forgetfulness as the principle of memory, we can say today that Frank Montero’s portraits have fulfilled their function. An interesting play between the most private universes and the intention to make them public, between recognition of identity and the materialisation of life’s brief time, these portraits leave a trace of Montero Collado’s existence, throwing light on it. But I am convinced that, fortunately, the matryoshka doll still does not let us see our dark subject’s most ineffable secrets.


[1] Arriola, Magali. “Vivir es dejar huella”. Poliester, Volume 5, Number 17. Mexico: Winter, 1996-7, p. 56.
[2]Due to the calligraphy and ink, we know that the information was written a posteriori on the images all at the same time, which hinders research because most of the dates mentioned are not exact but jotted down based on memories.
[3]González y Laguillo. “Siete reflexiones sobre el retrato”. Luna Córnea, Number 3. Mexico: 1993, p.79.
[4] The arrival of the daguerreotype in Mexico dates from 1839-40; however, the boom in photographic portraits did not take place until the second half of the nineteenth century with the implementation of wet collodion, which lowered production costs, made photography more accessible and expanded its market.
[5] Munguía Escamilla, Estela. “Henri Mathieu de Fossey: colonizador, profesor y escritor”, paper presented in the congress: “Franceses en México, siglos XIX y XX. Entre testimonios e investigación”, Durango, Mexico, Juarez University of the State of Durango and the ICSYH-BUAP, 15-17/October/2008 (article accepted for publication).
[6] Munguía Escamilla, Estela. “Colegios franceses, profesorado y profesores de Barcelonnette en la ciudad de Puebla. Una aproximación, 1850-1910” in Los barcelonettes en México Miradas regionales, siglos XIX-XX. (Leticia Gamboa coord.). Puebla: BUAP, 2008.
[7] Trejo, Evelia. “La Introducción del protestantismo en México. Aspectos diplomáticos”. Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, Volume 11. Available in http://www.iih.unam.mx/moderna/ehmc/ehmc11/140.html#nf34.
[8] Navarrete, Sarem and Patán Tobío, Constanza (coord). Inventario del Archivo parroquial Antigua Christ Church México, D.F. Mexico: Apoyo al Desarrollo de Archivos y Bibliotecas de México A.C., 2009.
[9] Trejo, Op. cit.
[10] Ibid.
[11] Wesley Butler, John. History of the Methodist Episcopal Church in Mexico. New York : The Methodist Book Concern, 1918.
[12] Trejo Martín, Julio César. “Historia del Templo de san José de Gracia”. Available in http.://catedralanglicanamexico.blogspot.com/2010/03/historia-del-templo-de-san-jose-de.html Marzo, 2010.
[13] Butler, Op. cit.
[14] We do not know for sure whether Montero’s real name was Frank. It is possible that his real name was Francisco and that he changed it to English, since the name Frank was fairly unknown in nineteenth-century Mexico. The change probably was due to Montero’s contact with the Methodist and Anglican churches, which had both originated in English-speaking countries. This practice of name changes was also common among Mexicans who converted to Protestantism during this period. As shown later, the only reference that we have to this man does not provide his given name and his surname appears as Montero del Collado. In this article I have decided to call him Frank Montero Collado since that is the name appearing on the photographs.
[15] During this research I have consulted the archives of the Methodist Church of Mexico from 1880 to 1889 without finding any reference whatsoever to Frank Montero. Nonetheless, these files enabled me to confirm what J.W. Butler stated in his memoires of the Methodist Church of Mexico.
[16] Cordero y Torres, Enrique. Historia compendiada del Estado de Puebla, Volume III. Puebla: Bohemia Poblana, 1965, pp 364-369.
[17] Martha Celis de la Cruz. Publicaciones periódicas mexicanas del siglo XIX, 1822-1855: Fondo Antiguo de la Hemeroteca Nacional y Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional de México (Colección Lafragua). Mexico: UNAM, 2000, p 567.
[18] Tortolero Cervantes, Yolia. El Espiritismo seduce a Francisco I Madero. Mexico: CONACULTA/FONCA, 2003, p.49.
[19] El Siglo Espírita. Órgano de difusión del espiritismo en México. Mexico City, Volume, 1 Number 6, May 24, 1906, p. 3.
[20] We believe the abbreviation means “Federal Spiritists”.
[21] Photographs 14, 17 and 21.
[22] However, a record does exist of a periodical titled “Lumen” of a Spiritist nature from that same era in Barcelona, Spain.
[23]El Siglo Espírita. Órgano de difusión del espiritismo en México. Volume 1, Number 5. Mexico City: June 7, 1906, p. 7.
[24] Tortolero. Op. cit., pp 70-71.
[25] El Siglo Espírita. Órgano de difusión del espiritismo en México, Volume III. Number 5. Mexico City: July 15, 1908. 

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